Sleep therapy

Poderosas mentiras

No siempre el día a día te presenta oportunidades como la que ayer experimenté en el Palau de la Música Catalana. La actuación de Michael Nyman, famoso pianista británico, con su ensemble, un conjunto de virtuosos capaces de dejarse los dedos en cada concierto, no se limitó a una primera parte, previsible e imprescindible, de recortes de sus más famosas bandas sonoras.
A la espera del plato fuerte de la noche, entre los retales, fue generoso escuchar de su padre original los excesos minimalistas de El vientre del arquitecto o Nine songs. Resultó evocador y verdadero: la música de cine no tiene sentido más allá de las imágenes a las que acompaña. Y este Sancho Panza rememoraba los gigantes de viento, la huella imperecedera que te dejan películas maravillosas, como las anteriormente mencionadas. En el caso de Nine songs, la película de Michael Winterbotton, te encontrabas en un teatro con tu pareja, de la mano, recordando a la pareja protagonista, también agarrados, presenciando en un teatro de dimensiones similares un concierto de premisas semejantes. Fue un canto a la libertad, como la turbia relación de los protagonistas.
Llegó el descanso, tras muchos aplausos y hits de Nyman, hombre amable, escurrido, de hermosas manos, en el final de su vida. Sabio.
La segunda parte consistió de la interpretación en directo de la música creada para el film ‘A sixth part of the world’ (‘Una sexta parte del mundo’), documental de encargo estalinista al gran cineasta Dziga Vertov, quien filmó y montó en 69 minutos un monstruoso golem de propaganda política sobre la grandeza de la antigua URSS.
Más allá de la lectura política, la belleza de las imágenes y el retrato etnográfico de los pueblos sometidos a la dictadura comunista son asombrosos. Los niños y las mujeres del campo, los trabajadores en la industria, la peregrinación a la tumba de Lenin en la plaza Roja moscovita, el movimiento de manos de las jóvenes hilanderas, la multiculturalidad racial de este imperio que mezcla identidades y religiones, pero no respeta a ninguna de ellas. Y, sobre este tapiz, la música de Nyman, compuesta en 2009, que permite hacer una relectura poco cómplice de estas poderosas mentiras.
A pesar de que los años pesan sobre este genio, cuyas manos se ralentizan en proporción inversa a sus composiciones (hubo desfases al comienzo de la proyección entre sonido e imagen) la simplicidad minimalista hasta alcanzar esencia del sonido, rescatada por este compositor, capaz de hacer suaves las curvas más abruptas, hizo de este encuentro entre la imagen totalitaria y la música libre un perfecto hábitat de contradicciones.